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Full text of "Miguel H. Escuder La Mujer Que Olvido Su Nombre"

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LA MUJER QUE : 


OLVIDÓ SU NOMBRE 

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COMEOIA EN DOS ACTOS, EL SEGUNDO 
DIVIDIDO EN DOS CUADROS 

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ORIGINAL DE 

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COMEDIA EN DOS ACTOS, EL SEGUNDO 
DIVIDIDO EN DOS CUADROS 

ORIGINAL DE 

MIGUEL H. ESCUDER 


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LONA 



MONTEVIDEO 

Imp. “El Siglo Ilustrado”, San José 98S 

1927 


© Biblioteca Nacional de España 






© Biblioteca Nacional de España 



LA MUJER QUE OLVIDÓ SU NOMBRE 

Comedia en 2 actos, el segundo dividido en 2 cua- 
dros, original de 


MIGUEL H. ESCUDER 

Entrenada el 8 de julio de 1927, en el Teatro “18 de Jnlio” de 
Montevideo, por la compañía “Segando Pomar”.. 


PERSONAJES 


Ella .... 

(20 años) 

Teresa . 

(55 años) 

Susana . 

(17 años) 

Laura 

(45 años) 

Alfredo . 

(112 años) 

Raúl .... 

(35 años) 

Horacio . . . 

(50 años) 

El Hermano 

(40 años) 

Sirviente 


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ACTO PRIMERO 


Una sala con puerta y ventana al foro, dos puertas a 
la derecha y una a la izquierda 

ESCENA I 

TERESA Y SIRV IENTE 

Teresa — Ya lo sabe. En cuanto llegue cualquier per- 
sona, la hace pasar a esta sala. 

Sirvienta — •Sí, señora. ¿Nada más? 

Teresa — Nada más. (Mutis. Sirvienta por foro). 

ESCENA II 

teresa Y Alfredo (Por izquierda) 

Alfredo — ¿Ya estás pronta? 

Teresa — Ya lo ves. Creo que tu novia no me encon- 
trará muy fea. . . 

Alfredo — Va a quedar enamorada de su otra mamá. 

Teresa — ¡Zalamero!... Bien. Creo que Susana será 
para mí una hija. 

Alfredo — Es muy buena. 

Teresa — Tú no puedes imaginar las inquietudes que 


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experimenta uua madre, cuando le llevan de su lado a 
un hijo . . . 

Alfredo — Si tú lo deseas, no me casaré. 

Teresa — La vida es inflexible. Más tarde o más tem- 
prano me abandonarás. Hazlo ahora que estoy resigna- 
da. Y no creas que te habla mi egoísmo. Es sólo el mie- 
do de que no sepan quererte. ¿Recuerdas lo que yo 
hice por ti, hijo mío? 

Alfredo — Siempre. 

Teresa — Puede afirmarse que muy pocas veces has 
salido sin mi compañía a la calle. Y tú me has dicho 
que jamás te arrastraron tus compañeros a livianas 
aventuras. . . 

Alfredo — Nunca. 

Teresa — Porque el hombre que entrega la pureza de 
su cuerpo sin amar de corazón, entrega también para 
siempre la pureza de su alma. El hombre y la mujer, 
al casarse, deben ir limpios de pecados, como espejos 
brillantes. (Pausa). 

(Por la ventana entra el griterío de unos pilhielos). 

Alfredo — ¿Eh? ¿Qué ocurre? 

Teresa — Es en la calle. (Llegan a la ventana). 

Alfredo — i Mira ! ¡ Pobre mujer ! . . . 

Teresa — ¡Qué muchachos más bandidos!... 

Alfredo — ¡Y la gente permite que le tiren piedras! 

Teresa — ¿Por qué no intervendrán? 

Alfredo — Es indigno. ¡Mira aquel chico qué piedra 
lleva en la mano! 

Teresa — La mujer huye... Corre... Vuelve la es- 
quina. Ya no se ve. . . 

Alfredo — ¡Vaya un espectáculo!... 

Teresa — Es la vida... Bueno, voy a echar una mi- 
rada al comedor... Avisa en cuanto llegue. (Mutis se- 
gunda derecha). 

Alfredo — Sí, mamá. (Una pausa). 


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ESCENA III 

ALFREDO Y RAÚL (Por foro) 

Raúl — ¡ Alfredo ! 

Alfredo — ¡Baúl! ¡Tú! (se abrazan). ¿Desude cuándo 
en Montevideo? 

Raúl — Recién acabo de desembarcar. 

Alfredo — ¿De dónde vienes? 

Raúl — Del Asia. 

Alfredo — ¿Y cuándo terminarás de viajar? 

Raúl — ¡ Qué sé yo ! . . . 

Alfredo — ¿Dónde estuviste? 

Raúl — Por el mundo... Rodando... Es una sed la 
mía... Una sed de estar hoy aquí, mañana allá... 

Alfredo — No es vivir. 

Raúl — ¿No es vivir? ¿Y tú lo dices?' Tú, que haces 
la vida del árbol. Aquí naciste y aquí morirás. Eso sí 
que es tontería. Yo envidio al pájaro, porque va donde 
se le antoja, y no tiene que tratar con camareros. Si 
me enjaulasen como a ti, cualquier mañana me halla- 
rían cadáver. Anda, vamos. 

Alfredo — ¿ Dónde ? 

Raúl — Al Africa. 

Alfredo — ¿Estás loco? 

Raúl — ¿Tienes qué hacer? 

Alfredo — Casarme. 

Raúl — Déjalo para otra vez. 

Raúl — Pero, ¿qué dices? 

Raúl — Que lo dejes, hombre. No 'e conformas con 
ser árbol, que todavía te echas una enredadera encima. 
Pero... ¿dices en serio lo de cacarte? 

A If redo — Seriamente. 


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Raúl — .¡Caramba!... ¿Y quién es ella? 

Alfredo — 'Susana... l : na chica de Jiménez. La co- 
nocí en el convento donde se educaba. 

Raúl — ¿En un convento? 

Alfredo — Sí. Tengo relaciones comerciales con las 
Hermanas de ese convento. Las defiendo en un pleito. 

Raúl — ¿Y Dios qué hace que no te da una mano? 

Alfredo — Averigüé quién era. Hablé con la madre. 
Después con ella. Y ahora la estoy esperando para fijar 
la fecha de nuestra boda. 

Raúl — Es curioso. ,. 

Alfredo — ¿Lo qué? 

Raúl — Oye: eres más que mi amigo, eres para mí un 
hermano. ¿Aceptarías un consejo? 

Alfredo — Hombre. . . 

Raúl — Cása*e cuando ya nada te sorprenda. Tienes 
que ser antes un poco aventurero, otro poco sinver- 
güenza y hasta haber robado alguna vez... 

Alfreda -¡ Raúl ! . . . 

Raúl— A tu novia me la imagino una chicuela calla- 
dita y gazmoña que te ayudará a engordar como un al- 
macenero. ¿Y para eso estudiaste? 

Alfredo — Mi madre... 

Raúl — Tu madre con su cariño te vuelve raquítico y 
común. Tú eres una vida gris, obscura, sin relieves, 
aniforme. Eres como las vías del tren. Y es preciso 
tener algo de nube. La aventura es la gran señora del 
mundo. ¿Pero tú no sueñas? 

Alfredo — Tengo miedo de soñar. 

Raúl — ¿Miedo a qué? 

Alfredo — Al vértigo, al impulso irresistible que te 
lleva a ti. Tengo miedo a esa sed de que tú hablas, a 
esa sed (pie veo que tú no podrás apagar nunca. En 
todo hombre hay un aventurero, pero yo no quiero que 


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— y — 

en íuí se despierte. Quiero matarlo. Y para matarlo, 
me casaré. 

Raúl — Quizá tengas razón... 

Alfredo — &é que no la tengo, pero soy cobarde. 

ESCENA IV 

DICIIOS Y HORACIO (Por foro) 

Horacio — Buenas tardes. 

Alfredo — ¡Oh, don Horacio, pase...! 

Horacio — ¿Cómo estás? ¡Eh... Raúl! 

Raid — ¡Don Horacio! 

Horacio — ¿Desde cuándo acá? 

Raúl — -No hace una hora. 

H orado — ¿ A quedarse ? 

Raúl — No. De paso. ¿Y su mujer? 

Horacio — ¿Mi mujer? ( ríe y mira a Alfredo ). ¿No 
sabe nada? 

Alfredo — Creo que no. 

Horacio — ¿Entonces no conoce mi ridicula historia 
matrimonial? Vaya, hombre, yo estaba orgulloso por- 
que creía que mis desventuras del hogar se conocían 
hasta en la India. 

Raúl — Perdone, yo no sabía . . . 

Horacio — ¡Si es un orgullo para mí! Cinco veces me 
casé y cinco veces me engañaron. El primer engaño me 
puso furioso. El segundo me hizo llorar. ¡ Ah !, pero 
el tercero . . . 

Raúl — ¿Qué pasó? 

Horacio — Me eché a reir y me sigo riendo todavía. 

Raúl — Menos mal. 

Horacio — Y la risa fué mi salvación. Desde entonces 
acepté las infidelidades como algo natural y lógico. Y 


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en mis otros» matrimonios, a mis otras mujeres, les in- 
sinué las conveniencias del adulterio elegante y discre- 
to. Pero no tenían talento y se dejaron sorprender. Y 
las despedí como a desvergonzadas adúlteras. 

•Baúl — ¿Y cuándo es el sexto casamiento? 

Horacio — No será nunca. Cada vez que me caso pier- 
do un amigo. Y ya me quedan pocos. Además. . . (a 
Alfredo). Tú vas a casarte. Mira... durante el primer 
mes de matrimonio tu mujer te parecerá una hermosa 
manzana dorada y fragante; el segundo mes la man- 
zana se transformará en naranja ; ya tienes que ir sa- 
cándole la cáscara; pequeño inconveniente, pero incon- 
veniente al fin. Al tercer mes ya no sabes si la naranja 
es naranja, lima o limón. Y al cuarto mes... 

Alfredo — ¿Qué es? 

Horacio — Higo de tuna, pero con espinas adentro 
(ríen). Bueno, me voy. 

Alfredo — ¿No quiere conocer a Susana? 

Horacio — Sí. Pero tengo una cita de negocios. Tengo 
el proyecto de establecer dos empresas; una de ómni- 
bus y otra de pompas fúnebres. 

Baúl — ¡ Demonio ! 

Horacio — Junto al chófer que conduzca el ómnibus, 
irá un empleado de la casa fúnebre. Las víctimas que 
ocasionen los ómnibus tendrán así un servicio rápido y 
el descuento de un tanto por ciento. Ya tengo las tar- 
jetas. . . Dicen así: “Hágase atropellar por un ómnibus 
de la casa Tal, que la casa Cual le hará un servicio fú- 
nebre regio y económico. No confundir I09 ómnibus. 
Son amarillos y matan de un solo golpe.” 


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ESCENA V 

dichos y teresa (Por segunda derecha) 

Teresa — Buenas tardes. 

Raúl — ¿ Cómo está, señora? 

Teresa — ¡Oh, Raúl, tanto bueno por acá!... ¿Viene 
a quedarse? 

Raúl — Por ahora sí. 

Teresa — Suponía verle acompañado de alguna japo- 
nesa o de alguna siria. 

Raúl — Yo, señora, hace tiempo que me he casado. 

Teresa — ¡ Cómo ! 

Raúl — Me he casado con la Mujer, con mayúscula. 

Teresa — .¡ Ah ! . . . 

Raúl — Además, la ley no me permitirá la posesión 
de las mujeres que me gustan. Mi aspiración es tener 
una compañera de raza diferente cada semana. 

Teresa — ¡ Qué horror ! 

Horacio — Sería horroroso. Porque está bien que lo 
engañen a uno en castellano. Pero, ¿cómo entenderá un 
marido si lo engañan en chino? 

Teresa — ¡Por Dios!, recuerden que Alfredo va a ca- 
sarse. . . 


ESCENA VI 

DICHOS Y SUSANA Y LAURA (Por foro) 

Laura — Buenas tardes. 

Alfredo — ¡ Oh !, señora . . . Susana . . . 

Teresa — ¿Cómo está, doña Laura? 

Laura — Amiga mía... (presentía) . Mi hija... 


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Teresa — Satisfecha de conocerla... ¿Se conocen? 

Laura — ¿Quién no conoce a don Horacio? {Lo sa- 
luda). 

Horacio — Su hija, por ejemplo... {Horacio saluda a 
Susana). 

Laura — Como recién deja el convento... 

Alfredo — Un amigo mío que considero como a un 
hermano. . . 

Raúl — Señora . . . Señorita. . . 

Laura — Caballero. . . 

S usaría — {Se inclina). 

Teresa — Pero tomen asiento... {Horacio y Raúl. 
Laura y Teresa. Susana y Alfredo). 

Horacio — Gracias. . . 

Laura — ¡Ay, venimos impresionadísimas ! Sobre todo 
Susana. Como recién dejó el convento... 

Teresa — ¿Qué les pasó? 

Laura — Hemos visto en la calle algo horrible... 
Una banda de pilludos apedreando a una pobre mujer. 

Alfredo — Desde la ventana vimos algo de la es- 
cena. . . 

Teresa — Será alguna infeliz que está pagando una 
vida mala. . . 

Raúl — ¿Y es joven la mujer? 

Laura — No alcanzamos a verle la cara. Susana ni 
miró siquiera. Como recién dejó el convento... 

Teresa — Lo más doloroso es ver a los niños converti- 
dos en verdugos. 

Laura — ¡Ay, yo, por eso, en cuanto Susana fué ma 
yorcita la puse en el convento! Y si Alfredo no la hu- 
biese conocido en el convento y no me hubiese pedido 
su mano, aun estaría allí. ¡Lo que es la vida! Cuando 
le hablé a Susana del pedido de Alfredo, me contestó 
que sí, porque le parecía un joven muy formalito. 
¿Verdad, Susana? 


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Susana — Sí, mamá. 

Laura — ¿La ven? Lo mismo que si le hablase la Ma- 
dre Superiora. Y tenga la seguridad, Alfredo, que en 
cuanto se casen, Susana lo tratará con el mismo res- 
peto que trataba al padre cura . . . 

Teresa — Yo soñaba para mi hijo una chica así... 
(de pie), Y como están ya prometidos, pasemos nos 
otros al comedor, para que tengan a solas su primera 
entrevista . . . 

Laura — Me parece bien... (Mutis segunda derecha ). 

Teresa — Por aquí. . . ( Mutis ídem). 

Baúl — (A Horacio). ¿Qué le parece Susana? 

Horacio — El tipo más hermoso para mujer casada. 
(Mutis segunda derecha). 

ESCENA VII 

ALFREDO Y SUSANA 

Susana* — (Queda mirando fijamente al suelo). 

Alfredo — (La mira silencioso. Después) Susana... 

Susana — ¡ Ay ! ¡ No se acerque, por Dios ! . . . 

Alfredo — Es la primera vez que nos encontramos a 
solas. . . 

Susana — No; no estamos solos. 

Alfredo — ¡ Cómo ! 

Susana — Está Dios que nos contempla. Dios está eu 
todas partes. 

Alfredo — Pero Dios ampara el amor. 

Susana — El amor puro de las almas. 

Alfredo — Así te amo yo. (Intenta allegarse). 

Susana s. — -Para que su alma esté junto a la mía, n* 
tiene porqué acercarse. 

Alfredo — La unión de las almas se consagra con un 

beso. 


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Susana — El beso es pecado. 

Alfredo — Es la vida del amor. 

Susana — Es impuro. 

Alfredo — No hay amor sin besos. 

Susana — Es ofender a Dios. 

Alfredo — Cuando los novios se besan, Dios cierra los 
ojos. (Pausa). Ven. 

Susana — i No!... ( una pausa. De pronto se oye el 
idéntico griterío de chiquillos). ¡Dios mío! 

Alfredo — ( Corre a la ventana). ¡Otra vez la mujer i 

Susana — (Idem). ¡Qué malvados! 

Alfredo — (Gritando) . ¡ Corre ! . . . ; Huye ! . . . ¡Es- 
capa!. . . 

Susana — Los deja atrás. . . 

Alfredo— Ya no la alcanzan. . . (Pausa). ¿Eh? ¿Dón- 
de está? 

Susana — Ha desaparecido . . . 

Alfredo — Menos mal ... ¡ Pobre mujer ! . . . 

Susana — ¿ Quién será ? 

Alfredo — Una de tantas. . . Dicen que la vida es tan 
mala... ¿Eh? 


ESCENA VIII 

DICHOS Y ELLA. (¡Por foi’O) 

Ella — ( Entra violentamente por foro. Es joven y be- 
lla. Desmelenada. Haraposa. Hay una llama extraña en 
sus pupilas. Al entrar cierra la puerta y queda pegada 
de espaldas a ella. Una pausa honda. Ella está anhe- 
lante, oyendo el griterío que poco a poco se aleja. No 
7fí* visto a nadie f y deja caer su cabeza con abati- 
miento). 

Susana — (Se acerca lenta y temerosa a su novio). 
Alfredo, ¿y esa mujer? 


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Alfredo — No sé... 

Susana — Me da miedo... 

Alfredo — Señora... {A Ella ) > 

Ella — ( Clava la mirada en Alfredo. Hace un gesto 
de estupor. Luegoj paulatinamente se U va acercando , 
mientras en su rostro, de la duda pasa a la alegría te- 
nue y después al contento, un contento salvaje e incon- 
tenible). ¡Tú! 

Susana — ¿ Eh ? 

Ella — {En un grito que es todo un desgarrador so- 
llozo en el que hay dolor y alegría). ¡Mi vida!... {Y 
en gesto subyugante enlaza sus brazos al cuello de Al- 
fredo y le llena de besos ardientes, entre risas y sollo- 
zos. Alfredo se defiende torpe , confundido por el asom- 
bro. Susana se cubre la cara con las manos y espanta- 
da hace mutis derecha). 

ESCENA IX 

ELLA Y ALFREDO 

Alfredo — Señora... Le ruego... Mi madre... {Lo- 
gra desasirse). 

Ella — Río y lloro, mi alma, porque al fin pude en- 
contrarte. . . 

Alfredo — Si yo... 

Ella — Te veo, he sentido tus labios en mis labios, y 
aun la duda como una gasa quiere envolver v deformar 
tu rostro... Eres tú, y tus ojos desean negarme que 
eres tú . . . 

Alfredo — Yo no la conozco a usted, señora... 

Ella — He vivido en una noche horrenda. Sombras 
aterradoras seguían mis pasos. . . Pero yo sabía que iría 
hasta ti. Nuestro amor era como una luz entre nubes 


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sombrías... ¿Por qué me decían que tú habías muer- 
to? Yo no creía a la gente, pero lloraba... Antes llo- 
raba... después no tenía lágrimas. Y ahora... {en un 
sollozo). Ahora nuevamente lloro, pero es de alegría. .. 
( transición ). Tú no podías morirte, estabas en mi al- 
ma, éramos un solo espíritu, un ser, un corazón, u 
latido, una palpitación de dulzura... Y al morir tú, 
habría muerto yo... 

Alfredo — No comprendo lo que usted me dice. Hay 
en todo esto una confusión extraña . . . 

Ella — {Mira temerosa a todas partes. Y en voz baja 
pregunta): ¿Tienes miedo de ella? 

Alfredo — Señora. . . 

Ella — Déjala que ronde. Ya no se atreverá conmi- 
go... No volverá a separarnos... ¿Tú la ves? Dime, 
dime dónde se oculta, y a traición, como ella a mí, co- 
mo ella la otra vez en mí y en ti, clavaré mis uñas en 
9\i cuello con rabia vengativa y entonces... 


ESCENA X 


dichos y Teresa, laura y susana (Por derecha) 

Susana — Ahí la tiene, señora. 

Teresa — No comprendo . . . ¡ Alfredo ! 

Ella — {Retrocede al verlas) ¿Quiénes son? 

Teresa — Alfredo, ¿qué significa esa mujer en esta 
casa ? 

Alfredo — Yo no la conozco. No 9é. Dice cosa 9 extra- 
ñas. . . 

Susana — Ella lo besó. 

Laura — ¡Qué horror! 

Teresa — ¿Quién es usted? ¿Qué desea? 

Ella— Vengo por él {por Alfredo). 


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Teresa — ¿Qué dice? 

Ella — He seguido un camino largo para encontrar 
le, un camino obscuro, lleno de obstáculos y de peli- 
gros. Pero el recuerdo de sus besos, la dulzura de sus 
caricias, la ternura de sus palabras me alentaban a se- 
guir rompiendo las sombras... ( sonriendo ). Hasta 
me parece que vengo de otro mundo, de un mundo de 
ensueño... Es como si hubiese vivido otra vida... 
Hallarse en plena luz al salir de un cuarto cerrado... 
Duelen los ojos, hay noche en el cerebro; pero la luz se 
desvanece en risas y en besos... ¿Verdad, mi alma? 

Laura — Señora, esto es una burla infame. 

Susana — {Llorando) . Mamita. . . 

Te»’csa — Pero Alfredo, yo no puedo creer que tú me 
engañes. ¿Dónde has conocido a esa mujer? 

Alfredo — Te juro que es la primera vez que la veo. 

Teresa — Desmiéntela ante nosotros, ¡y échala! 

Ella — No me iría {señalando a Alfredo ). ¡Es mi 
marido ! 

Alfredo — ¡Yo! 

Teresa — ¡ Tú ! 

Laura — ¡ Qué horror ! . . . 

Ella — {Dulcemente a Alfredo). Pero, ¿qué tienes? 
¿Temes que nos separen nuevamente? Descuida, que 
ahora nada podrá separarnos. {Quedo inmóvil, como 
en ensueño). 

Laura — ¡Vamos, hija! 

Alfredo — No. De ninguna manera... 

Laura — Se ha burlado usted ignominiosamente de 
una familia honrada. ¡Ya recibirá usted su castigo! 


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ESCENA XI 

dichos y don Horacio (Por segunda derecha) 
Horacio — ¿ Qué ocurre? 

Laura — Llega usted a tiempo. Acompáñenos, don 
Horacio, se lo ruego, porque me siento mal... 

Horacio— Ver o, ¿qué ocurre? 

Laura — Y a le contaré. 

Teresa — Señora. . . 

Laura — Ha sido usted tan hipócrita como su hijo. 

¡Vamos! . _ 

Horacio — Pero . . . ( Salen Laura, Don Horacw y bu- 

sana, que llora, por foro). 

ESCENA XII 

ELLA, TERESA Y ALFREDO 

Teresa — Es la primera vez que me insultan. Y ha 
9Ído por tu causa. 

Alfredo—' Te juro, mamá, que me hallo tan asombra- 
do, tan estupefacto, que no puedo coordinar las ideas. . . 
Teresa — ¿Tú la conoces? 

Alfredo — No. 

Teresa — ¿Y cómo te acusa a ti de...? 

Alfredo — No tiene explicación. 

Teresa — Alfredo . . . 

Alfredo — 'Mamá. . . 

Teresa — Me has estado mintiendo. Mientras yo te 
creía en clases, tú, tú tenías una mujer por ahí. . . (rá- 
pida). Dime, dime que no te has casado con ella. (A 
Ella). Y usted... ¡váyase, retírese! 

Ella — Todos son malos conmigo ... b Qué mal le ha- 
go, señora? Yo vengo a buscar mi ternura y a buscar 
fa ternura a que él me tiene acostumbrada ... 

Teresa— O se marcha usted, o llamaré a la policía. 


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Ella — ¿Usted pretende que me separe de él? 

Teresa — j Para siempre ! 

Ella — {Va a la ventana. Se encarama en ella). ¡Sí 
usted insiste, me arrojo a la calle! 

Teresa — ¡ No, por Dios ! . . . 

Alfredo — Déjame un instante con ella... Déjame... 
Teresa — Cuando yo vuelva, no quiero encontrarla 
aquí... {Mutis derecha). 

ESCENA XIII 


ella Y ALFREDO 

{Hay una pausa). 

Alfredo — Bien. Ya estamos solos. Ya podemos hablar 
sin preámbulos. Venga. Acerqúese... 

Ella — {Saltando alegremente). Era hora ya... {De 
pronto, al pasar, le besa rápidamente y se aleja). ¿ Fué 
un beso o te rozó una flor? {Riendo). No, si no me 
apropio la frase. Es tuya. Las recuerdo todas. . . 
Cuando yo te besaba levemente, me decías: “Tus beso» 
semejan la caricia de un ala invisible y misteriosa”. 
Cuando yo te besaba en la frente, me decías: “Tu risa 
se ha escondido en tu beso y tu beso horada mi frente 
y estalla en mi cerebro como una de tus carcajadas 
cristalinas”... Y cuando mi beso era en tu boca, beso 
hondo y húmedo, me decías: “Tu beso es fresco y es 
ardiente. Es como si deshojases en mis labios una rosa 
cubierta de rocío y como si la rosa fuese una brasa al 
rojo vivo... Quemas, pero haces vivir.” ¿Recuerdas? 

AMfredo — Yo no recuerdo nada de lo que usted dice, 
porque nada es cierto. Yo jamás la he visto a usted. 

Ella — ¿Qué dices? ¿Te has enloquecido? ¡Ah! Com- 
prendo. . . Estás como yo cuando me decían que tú ha- 
bías muerto. . . Estás fuera de la realidad. . . Puede en 


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ti más la tragedia, ¿recuerdas?, la tragedia espanta- 
ble, que la fuerza de los hechos. . . Quizá no puedes 
concebirme... Porque tú también creiste que yo había 
muerto y ahora estoy junto a ti para que nadie nos 
separe nunca. . . 

Alfredo — Entiéndame usted. Razone. Piense en que 
sufre un error. Mi madre. 

Ella — {Lenta). Tu madre... No... No recuerdo... 
Tu madre. . . 

Alfredo — ¿Cómo me llamo yo? 

Ella — Tú... {rundo). ¡Ay, qué gracia!... Tú... 
{va Quedándose seria). Tú... {Hace esfuerzos para 
recordar). No... No... ¡Sí! ¡Sí! Tú te llamas: ¡Mío! 
¡Mío! Siempre te llamé así... Breve y elocuentemen- 
te. Tú me lo decías: “Me has dado un nombre que es 
la síntesis de la ternura. Es un mundo y es un mimo”. 
{Saboreando las letras) M-i-o... Y así volveré a lla- 
marte. 


ESCENA XIV 

dichos y baúl (Segunda derecha) 

{Raúl entra. Alfredo le hace señas que no hable). 

Alfredo — Bien. {Queda un segundo pensativo). ¿Y 
dónde vives tú ahora? 

Ella — -Vivo en la noche. La luz me hacía daño. La 
gente es mala. . . Los niños me gritan si me ven en la 
luz. . . Y ellos no saben que yo también tengo un ni- 
ño... {misteriosa). El niño que dicen que se había 
muerto... Tu hijo... Nuestro hijo... Yo volví a en- 
contrarlo... Rubio, blanco, hermoso, pequeño... (Ma- 
jísimo). Lo tengo escondido allá, lejos de la gente, en 
la noche, donde nadie puede hallarlo... Para darle un 
beso espero que todo en el mundo sea negro y a pesar 


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— 21 — 


de la negrura de todo, yo lo veo dormidito y mis manos 
adivinan el terciopelo de su piel y siento palpitar su 
corazón y le guardo contra mi seno y le digo muy ba- 
jito que pronto los brazos fuertes de su padre lo levan- 
tarán en alto, muy arriba, como antes, en plena luz 
del sol. . . ¿Verdad que sí? 

Alfredo — ¿Y no tienes miedo de dejarlo solito? 

Ella — Ahora no. Antes sí. Cuando lo recuperé vivía 
en una constante zozobra ( con terror ). ¿Te acuerdas 
cuando se lo llevaron ? ¿ Cuando lo arrancaron de mis 
brazos diciendo que estaba muerto? Si yo sentía palpi- 
tar su corazoncito y veía sus ojos abiertos y sonrien- 
tes. . . Después. . . Fue como si yo cayese en un abismo 
y rodara entre sombras... Y al surgir a lo normal, ni 
tú hijo ni mi hijo estaban a mi lado... Decían que la 
muerte... Pero nada me retuvo. Nadie pudo contener- 
me. Yo habría de encontrarte a ti y de encontrar a 
nuestro hijo... Y he pasado los días en la calle, atia- 
bando en todas las casas; allí donde oyese el llanto o 
la risa de un niño me asomaba trémula. . . hasta que 
una noche di con él. Detrás de un vidrio, rodeado de 
luces, dentro de una caja, con su brillante cabello ru- 
bio y sus ojos azules muy abiertos, estaba nuestro hijo 
en medio de otros niños más pequeños... De un salto 
llegué frente a el, que me sonreía y tendía sus braci- 
tos. Con ambas manos rompí el cristal, y aunque las 
puntas entraban en mis carnes como cuchillos, tomé al 
niño en brazos y escapé. . . Recuerdo que detnís de mí 
corría la gente furiosa... Pero la alegría me dió alas 
y no lograron alcanzarme... (en un sollozo). ¡Hijito 
mío!... ( Llora sin violencia , calmosamente). 

Alfredo — (Se pasea nervioso, indeciso. No sabe qué 
actitud asumir. Se da cuenta de la situación extraña, 
pero ha v “alyo” en esa mujer que le atrae y sugestio- 
na). No llore, señora... Ya tiene a su hijo... 


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Ella — Y a ti también te tengo... Tienes razón. Se 
acabaron las lágrimas. Y ahora a revivir el pasado bue- 
no... {de pronto). No te muevas de aquí. Voy a bus- 
carlo. Verás qué hermoso... Tiene todos los dienteci- 
tos. . . Y cuando veas cómo he sabido cuidarlo, no me 
negarás el beso que hasta ahora no me diste... {con 
emoción). ¿Verdad que no? 

Alfredo — {Arrastrado por la sugestión). No... 

Ella — {Casi en un grito de salvaje alegría). ¡Mío! Y 
voy por el niño... Espérame. Un minuto. Un segundo. 
Seré como el viento. Como la sombra de una nube de 
huracán... {Mutis foro). 

ESCENA XV 

ALFREDO Y RAÚL 

Alfredo — {Mira a Baúl como preguntándole : "¿Qué 
me dices ?”) 

Baúl — ¿Tú no conoces a esa mujer? 

Alfredo — No. 

Baúl — Es extraño. . . 

Alfredo — ¿No será una comedia la suya? 

Baúl — xiay en su voz acentos de inconfundible ver- 
dad. Esa mujer te quiere más allá de su vida. Por ti 
sería capaz de todo. 

Alfredo — ¡Si nunca me ha visto! 

Baúl — ¿No me engañas? 

Alfredo — -Por mi madre te lo juro. 

Baúl— i Y entonces? ¿Qué misterio es éste? Y es be- 
llísima, a pesar de sus harapos. 

Alfredo — Te garantizo que su ternura llegó a envol- 
verme . . . 

Baúl— Y tiene el encanto maravilloso del misterio. 


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— 23 - 


Es la aventura prodigiosa que todos soñamos. ¡ Mira 
que yo he oído frase9 de amor ! . . . Pero a toda9 esas 
frases les faltaba la fuerza emotiva que a las euyas 
acaba de darles esa mujer. 

Alfreda — ¿ Quién será ? 

Raúl — Si yo fuese tú... No, no. Vemos las cosas de 
manera di9tinta. 

Alfredo — Habla. 

Raid — En tu lugar, me entregaría sin dudas. 

Alfredo — ¿Y Susana? 

Raúl — Susana e9 la prosa común. El beso en la fren- 
te y el razonamiento moral. El prejuicio y la pantufla. 
En cambio esa... Es la poesía, la exaltación de los 
sentimientos, el vértigo, el amor... 

Alfredo — ¿Y el mundo? ¿Y la gente? 

Raúl — Yo no permitiría llegar a la gente dentro del 
mundo que yo me formaría. 

Alfredo — ¿Y mi madre? 

Raú1r-~ Ella ganaría el corazón de tu madre... 

Alfredo — ¿Y si un día ella comprendiese su error, 
porque de un error se trata?. . . 

Raúl — Habrías vivido la hora de amor más grande 
y más pura. . . Pero en esa hora a ella la harías para ti. 

Alfredo — ¿Y ese... hijo? 

Raúl — Ese hijo... ¿no será alguna quimera? 

Alfredo— ¡Ni. madre no aceptaría una unión ilegal. 

Raúl — Te casas. 

Alfredo — ¿Y si e9 casada? Porque de ese pasado de 
amor que, según ella, revive en mí, puede surgir un 
marido. . . 

Raúl — No te cases y acéptala igualmente. 

Alfredo — Raúl, hermano mío, te juro que estoy como 
mareado . . . Siento la tentación de lanzarme en la 
aventura, arrostrando todos los obstáculos; pero tengo 
miedo . . . 


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— 24 — 

Uaúl — Ciérrale la puerta, entonces. 

Alfredo — Es que ha dejado en mí una inquietud ex- 
traña ... ¿ lías advertido la dulzura de su voz ? Y al 
besarme, sus labios estaban ardientes. ¿Y si vuelve con 
su hijitoV No. El hijito yo no lo quiero. Pero... ¿y si 
no vuelve ? 


ESCENA XVI 

dichos y iioracio (Por foro) 

Horacio — Pero Alfredo. . . Allá quedaron las pobres 
llorando a lágrima viva. Susana te creía un hombre 
formal. ¡Pobre muchacha!... ¡Y tan simpática que 
es. . . ! ¡Pero mira qué engañarnos a todos! ¡Ser casado 
y no saberlo nadie! Y con una mujer que viste... 

ESCENA XVII 

DICHOS y TERESA (Por segunda derecha) 

Teresa — (A Alfredo ). ¿Se ha marchado? 

Alfredo — Sí, mamá. . . 

Teresa — Gracias, hijo mío. 

Alfredo — Pero volverá. 

Teresa — ¿Qué dices? 

Alfredo — Volverá con nuestro hijo. 

Teresa — ¡Un hijo. . . tú! 

Alfredo — Sí, mamá. 

Teresa — Tu... (llora). ¡Dios mío! 

Horacio — Señora . . . 

Teresa — Déjeme... Déjeme... 

Alfredo — ¿ Por qué lloras? Es un hijo del amor y de., 
misterio ... 


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Teresa — ¡ Pobre de mí!. . . 
Raúl — Señora. . . 


ESCENA XVIII 
dichos Y ella (Por foro) 

Rila — ( Entra violenta y alegre por foro. Trae una 
caja de cartón que aprieta contra su pecho). ¡Libre! 
Nadie me ha visto... Aquí lo tienes... (al ver a lo» 
otros). ¿Y esos? ¿No querrán robarnos nuestro hijo? 

Alfredo — No temas. Son buena gente... 

Ella — ¿Sí...? ¿De veras? Es tan mala la gente.. * 
(destapa la caja). Míralo cómo duerme... (lo saca)* 
Míralo qué hermoso co . . . 

Raid — ¡ Si es una muñeca ! . . . 

Teresa — ¡ Una muñeca ! 

Horacio — ¿ Eli ? 

Ella — Mira cómo abre sus ojos azules. . . 

Horacio — Es una muñeca de porcelana. 

Ella — Bésalo. 

Alfredo — Sí... (lo besa). 

Teresa — ¡ Alfredo ! 

Horacio — Están locos. . . 

Raúl — No. Eso es el verdadero amor, que todo lo ha* 
ce ilusión y belleza. 

Ella — Es mi hijo. . . Nuestro hijo. . . 

Teresa — ¡Es una muñeca! 

Alfredo — ¡No! ¡Es mi hijo! ¡Es nuestro hijo! ¿Ver- 
dad? 

Ella — Míralo cómo ríe... ¿Quién te quiere a ti? 
¿De quién es esa boquita preciosa? ¿De quién es? 


TELÓN 

PIN DEL PÍRJMEiR ACTO 


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ACTO SEGUNDO 


CUADRO PimiEKO 

La misma decoración 

ESCENA I 


RAtJL Y TERESA 

Teresa — ¿Entonces le tendremos algún tiempo más 
con nosotros? 

Raiil — Sí, señora. Estoy esperando que “mi voz” 
méllame.. {Pausa). 

Teresa — El jueves llegó don Horacio de su viaje de 
bodas. 

Raúl — (Riendo). Está enamoradísimo de Susana... 
¡Pobre don Horacio! 

Teresa — ¿Por qué lo dice? 

Raúl — Por costumbre. El casamiento en don Horacio 
es como una enfermedad crónica. Según me cuentan, 
el día que se casó le dijo a Susana: “Mira: te advier- 
to de antemano que no tolero el que te dejes sorpren- 
der en flagrante delito de adulterio. Ya lo sabes.” 

Teresa — ( Riendo ) ¡Qué enormidad!... ¡Cómo se 
habrá quedado Susana!... 

Raúl — -Dicen que ella le contestó: “No tenga miedo; 
tendré mucho cuidado/ * (Ambos ríen). 


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— 27 — 

Teresa — (Seria). Dígame, Raúl, sinceramente, i en 
qué terminará la situación extraña en que está mi 
hijo ? 

Raúl — ¿lia visto alguna vez un matrimonio que se 
quiera más que . . . ? 

Teresa — Pero no están casados. 

Raúl — Por eso se lo pregunto. 

Teresa — Sí. Ya lo veo. Es una felicidad inmensa la 
que gozan. Pero ella e9tá loca. 

Raúl — ¿Podemos afirmar que esté loca? 

Teresa — ¡Si no vive más que para Alfredo y para su 
muñeca. No puede baldársele de otra cosa. Nada sabe. 
Nada entiende! 

Raúl — Vive para el amor. 

Teresa — Sin embargo . . . 

Raúl — ¿ Que ? 

Teresa — La gente no habla en la ciudad sino de la 
extraña unión de Alfredo y de esa mujer. He visto 
personas paradas frente a casa, observando hacia 
aquí . . . 

Raúl — Curiosos, estúpidos. . . 

Teresa — Además. . . Además, Alfredo me está dando 
inquietud... Habla de la muñeca eomo si fuese una 
criatura . . . 

Raúl — Déjelo, señora, está viviendo en ensueño... 

Teresa — Yo he aceptado la intrusión de esa mujer 
aquí, por no separarme de mi hijo. Estoy satisfecha 
porque les veo felices. Pero mi deseo es de que se ca- 
sen, que legalicen su situación y que... 

ESCENA II 

dichos Y alfredo (Por izquierda) 

Alfredo — ¿Por qué callas, mamá? 

Teresa — No, si yo . . . 


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— 28 — 


Alfredo — Comprendo la violencia con que aceptas 
nuestro cariño. Pero, ¿cómo casarme? Nadie sabe su 
nombre. Y para amar legalmente ante la ley, es nece- 
sario un nombre. ¿Y cuál es el de Ella? Ella, le digo 
ahora. Mía, le digo a Ella... ¿Comprendes? 

Raúl — Yo, sí. Ella es un ensueño y un ensueño no 
puede estar inscripto en el Registro Civil. 

Teresa — Averigua el nombre. 

Alfredo— ¡Si he acechado el instante en que pudiese 
arrancarle una palabra de su otra vida, y ese instante 
no se ha presentado nunca ! Ni creo que 9e presente 
jamás. 

Teresa (De pie). Hijo, yo te quiero tanto, que creo 
que todo lo tuyo lo adivino. . . Esa mujer nos traerá 
desgracia . . . 

Alfredo — Mamá. . . 

Teresa Ya verás. . . Ya verás. . . (Mutis segunda 
derecha ) . 

ESCENA III 

ALFREDO Y RAÚL 

Alfredo — ¡ Pobre vieja ! . . . 

Raúl Las preocupaciones que ahora la dominan 
con el tiempo se disiparán... Todo lo hace la cos- 
tumbre. . . 

Alfredo— Es que la transición es violentísima. Mi 
madre se ve obligada a admitir en su casa, llena de 
moral, a una mujer que vivía en la calle, a una pobre 
loca, que viene de no sé dónde, que así como llegó des- 
bordante de cariño, en un segundo puede variar en su 
ilusión óptica y no ver en mí el hombre que Ella cree 
ver y hundirme en el drama, porque yo la quiero tan- 
to... que aún no es mía. ¿Entiendes? 


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29 — 


Raúl — ¿Es posible? 

Alfredo — Sostengo uua lucha desesperante. Es muy 
triste robar a una mujer inconsciente el abrazo que 
una las sangres y las honras. . . 

Raid — Yo en la aventura no veía sino el misterio y 
la poesía. 

Alfredo — Y los tiene. Yo he soñado el amor, pero ja- 
más tan ilimitado, tan ancho en horizontes serenos, tan 
radiante en sus expresiones, tan pleno de bellezas... 
Y todo ese amor está engrandecido con un hijo ideal, 
con un hijo que es siempre pequeño y rubio. 

ESCENA IV 

DICHOS Y HORACIO (Por foro) 

Horacio — ¿Se puede? 

Alfredo — Adelante, don Horacio. 

Horacio — Supongo que no me guardarás rencor.., 
(i Entretanto saluda a Raid). 

Alfredo — ¿Por qué? 

Horacio — Por haberme casado con Susana. 

Alfredo — De ninguna manera. 

Horacio — Me alegro, y me alegro por partida doble 
He encontrado la verdadera mujer para el hogar. 

Raúl — ¿En Susana? 

Horacio. — Sí. Es tímida e inocente como una palo- 
ma. Si algún hombre la mira se ruboriza. Es un de- 
chado de candor. 

Raúl — Claro, como recién dejó el convento. 

Horacio — Está abajo esperándome en el auto. Yo 
subí a saludarles, nada más. Es preciosa ... De día no 
puedo besarla porque le da mucha vergüenza. Y de 
noche tengo que apagar la luz... 


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- 30 — 


Raúl — Se le felicita entusiastamente... 

Horacio — ¡Cuántos disgustos me hubiera evitado si 
Susana hubiera sido mi primera mujer!... 

Raúl — ¿Así que no hay má-s temores con respecto ai 
adulterio? 

Horacio — Ninguno. Figúrense que antes de darme 
un beso, le pide perdón a Dios por el pecado que va a 
cometer. Y eso que es un beso legal, autorizado por las 
leyes ... Si teme tanto a Dios por una caricia legítima, 
¿cómo va desafiar la cólera divina con besos de adul- 
terio ? 

Raúl — Es razonable. 

Horacio — A ti, Alfredo, sé que te va bien ... Tu fe- 
licidad se comenta en todas partes. . . 

Alfredo — ¿Se comenta mal, verdad? 

Horacio — ¿Y a ti qué te importa? Bueno, me voy, 
que Susanita me espera... Adiós... Hasta pronto... 
Es deliciosa... ( Mutis foro). 

Alfredo — Adiós. 

Raúl — Adiós. 


ESCENA V 

ALFREDO Y RAUL 

Alfredo — (Pausa). ¿Me habré equivocado? 

Raúl — No. Tu vida está allí. (Izquierda ) . 

ESCENA VI 

Dicnos y ella (Por izquierda) 

Ella — (Viste sencillamente. En un cochecillo trae la 
muñeca). ¡ Chist. . . ! Se ha dormido. . . 

Alfredo — ¿ Duerme ? 


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— 31 — 


Ella — -Míralo, ¡qué hermoso!... ¿No has observado- 
que tiene la misma frente que tú? 

Alfredo — ¿Tú crees? 

Ella — Yo descubro en su carita todos tus rasgos. . , 
Fíjate en su boca; parece que en los labios tuviese es- 
condido un beso... tu beso... ( volviéndose y mirán- 
dole fijamente) ... el beso hondo y ardiente que me 
debes desde que has vuelto y que aún no has querido- 
darme . . . 

Alfredo — ¿Y qué más ves de mí en nuestro hijo? 

Ella — Todo él eres tú... ( sonriendo ). Yo no sé sí 
será porque tú estás donde yo poso la mirada, que veo 
en el nenito tu imagen en pequeño. . . ( transición) (y 
sennabrazándolo) . Pero dime, Mío, ¿cuándo correremos 
nuevamente las horas de amor de aquella vida nuestra,- 
que fué toda un beso y una caricia? 

Alfredo— Muy pronto... 

Ella — ¿No me engañas?... Mira que sólo creo en ti. 
Y no me harías esperar si pudieses adivinar las noches 
de angustia y de insomnio que he pasado aguardándo- 
te con la boca llena de besos mimosos y con los brazos 
abiertos en una cruz de ternura infinita. . . 

Alfredo — ( Señalando a Raúl). Hay quien nos ve y 
nos oye . . . 

EUa — ¿Dónde? ¡Ah!... ( sonriendo ). Es un ami- 
go... Yeo en sus ojos que es un alma compañera... 
¿Verdad? (Suena un timbre a foro). ¿Eh? ¡Dios 
mío! ( tomando la muñeca en brazos y cobijándose en 
Alfredo temerosa). Ven... Huyamos... Pronto... 

Alf redo — ¿ Qué tienes ? 

Raúl — (De pie). 

Ella — No sé... El que llega... Pronto. . . 

Alfredo — ¡ Quieta ! 


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Raúl — ¿Uu enemigo? 
Ella — ¡ Sí í 


escena VII 

DICHOS y EL HERMANO (Por foro) 

El Hermano — Buenas tardes. 

Ella— {Bajo). Huyamos. . . 

Alfredo — ¿Qué desea, señor? 

El Hermano — ¡Por fin doy contigo! 

Alfredo— i Eh ? 

El Hermano — Caballero, por las charlas de la gente 
me he enterado que esta señora se hallaba en su casa, 
y que usted, abusando de su inconsciencia, la había he- 
,cho su amante. 

RaúL— Perdón, ¿y usted quién es? 

El Hermano — Soy el hermano de esa señora. 

Alfredo — ¿ Su hermano ? 

El Hermano — Sí, señor. . . 

Alfredo — {A Ello). ¿Es verdad? 

Ella — i Mi hermano? Yo no lo tengo. Yo te tengo 
sólo a ti. No me abandones. . . 

El Hermano — Siempre igual . . . Pero es necesario 
.que se venga conmigo. . . Hace un mes que huyó de mi 
casa... No podíamos dar con ella... Y en el café oí 
comentarios de su aventura de usted, de su canallesca 
aventura. . . 

Alfredo — Señor: le ruego que mida sus palabras. 
Esta señora está en mi casa; pero aquí vive también 
mi madre y yo he sabido respetarla hasta que. . . 

El Hermano — Basta; no tengo porqué dar ni oir ex- 
plicaciones. Por ella vengo. (A Ella). ¡Vamos! 

Ella — ¡No! ¡Jamás! {A Alfredo). No me dejes... 


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- 33 — 

No me abandones. . . Yo no lo conozco... No sé 
quién es. . . 

Alfredo — ¿La oye, señor? 

EL He> mano — La oigo y repito mi exigencia : entre- 
gúemela usted. 

Alfredo — Ella no quiere irse, ¿verdad? 

Ella — ¡ Nunca ! 

El Hermano — Perfectamente. Ya que no accede bue- 
namente a cumplir un deber, lo hará usted por fuerza 
ante la justicia. Buenas tardes. {Mutis foro). 

ESCENA VIII 

DICHOS, MENOS EL HERMANO 

Ella — Pronto, huyamos. . . Piensa volver. 

Alfredo {Tomándole la cabedla y mirándola a los 
ojos). Dime, ¿es tu hermano? No, no contestes. Piénsa- 
lo bien, has un esfuerzo, concentra toda tu atención, 
busca en ti, en lo más recóndito, en lo más oculto de ti 
misma... {Pausa) ¿Es? 

Ella — No. Yo no tengo en el mundo a nadie más fine 
a ti... 1 

Baúl {Bajo). Oye, Alfredo, pregúntale por sus pa- 
dres . . . 

Alfredo — Tienes razón. Escucha, Mía; ¿y tus pa- 
dres? ¿No te acuerdas de tu madre? 

Ella — Madre... No... No... Nunca la tuve... Mi 
vida comienza en ti y cu ti termina. 

Alfredo — Pero quiere llevarte y no podré hacer 
nada para defenderte... 

Ella—] Vámonos ! . . . Huyamos 5. . . Yo sé de una 
guarida a la que no podrán llegar nunca . . . Está 
siempre en la noche... {se sienta a mecer el niño). 
En plena noche . . . 

3 


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— 34 — 


Alft^edo — ¡Ah, si yo fuese como ella, si yo no tuviese 
personalidad ! . . . 

Baúl — No te queda más salvación que la fuga. 

Alfredo — ¿Y cómo huir al mecanismo social? 

Baúl — Cambia de nombre . . . 

Alfredo — ¿Y de qué me valdría? Sería un nuevo 
grillete. No. La única salida es borrar mi personalidad 
actual. Tacharla para siempre. Ser lo que es Ella, que 
no es nadie para el mundo. Pero, ¿cómo? ¿Cómo? 

Baúl — No la perderás. 

Alfredó — ¡ No la perderé porque invertiré el meca- 
nismo social, si es preciso! (Pausa. Baúl lo mira asom- 
brado). ¿Qué me miras? (exaltándose). No, si yo no 
quiero saber quién es ella. No quiero oir su nombre. La 
deseo así, en enigma, inconsciente para todo menos pa- 
ra el amor. 

Baúl — Voy tomando miedo a tu transfiguración. Ten 
calma. Razona. 

Alfredo — Mírala. Es el alma de todas las mujeres 
juntas. ¿Y voy a dudar un segundo para conquistarla 
definitivamente ? 

Baúl — ¿Y qué vas a hacer? 

Alfredo — El mínimo esfuerzo. Nada hay más cerca 
del más grande amor y del más grande misterio que la 
muerte. 

Baúl — ¿Estás loco? ¿Vas a matarte? 

Alfredo — La muerte es la solución. (A un gesto de 
Baúl). Calla y escucha. (A Ella). Mía... 

Ella — ¿Me hablaste? (Dulcemente). 

Alfredo — iSí... Oyeme: quizá mañana vengan a lle- 
varte . . . 

EllOr— No. . . 

Alfredo — A llevarte para siempre. Y la salvación 
única de nuestro amor está en que yo muera... 


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— 35 — 


Ella — Pero al morir tú, ¿no te alejarás de mí? 

Alfredo — No. 

Ella — Entonces quiero la muerte porque la muerte 
me unirá para siempre a ti. 

Alfredo — ( A Raúl). ¿Ves? ( Abrazando a Ella). 
¿Ves, Raúl, como hemos hallado una solución serena? 

Raúl — Pero la muerte es el final del amor. 

Alfredo — No. La muerte, que es odiosa y odiada, 
que es sombra y luto, esta vez tomará todos los colores 
de la aurora para alumbrar la iniciación del amor más 
puro y más grande. 

Raúl — Pero, ¿qué vas a hacer? 

Alfredo — Morir. Ya te lo he dicho: morir. ¿Verdad, 
Mía? 

Ella — Si morir es el amor, si tu muerte es tu amor. . . 
«Sí... Morir... Siempre morir... 

Alfredo — ¿Ves? ¿Ves? ( Un gesto de Raúl y) 


TELON 


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— 36 — 


CUADRO SEGUR DO 

La misma decoración. Es de noche 

ESCENA I 

TERESA Y RAÚL 

Teresa — ( Entra Raúl por foro. Temsa, que estaba 
pensativa, al vale levanta la cabeza. Hay una pausa . 
¡Se miran). Nada pregunto porque leo en su cara la 
respuesta . . . 

Raúl — Así es. . . Oficialmente se ha comprobado la 
muerte de Alfredo... 

Teresa — ¡ Hijo mío ! . . . {Llora) . 

.Raúl — {tia-cando unos documentos ). Este es el certi- 
ficado de defunción... 

Teresa — Me parece un sueño... 

Raúl — ün sueño horrible. 

Teresa — No hace tres días estaba aquí, sonriente y 
sano, y ahora... {Llora). ¿Por qué no buscó consuelo 
en mí? ¿Por qué no fué sincero conmigo? ¡Y en su 
carta no decirme el porqué de su suicidio ! . . . 

Raúl — Yo jamás sospeché que Alfredo fuese capaz 
de matarse. 

Teresa — }Y qué espanto cuando ayer le trajeron! 

Raúl — Ya no era él. . . 

Teresa — ¡ Pobre hijo ! . . . 

Raúl — Ei mar es terrible. Desfigura al hombre que 
ahoga, de una manera espantosa. El mar es un asesino 
maestro. Si no hubiesen encontrado sus ropas y la car- 
ta, yo no creería que el muerto fuese Alfredo. 

Tensa — {Apretando el documento). Aquí está {Le- 
yendo entre sollozos). Falle. . .ci. . .do. . . 


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37 — 


ESCENA II 

dichos y Horacio (Por foro) 

Horacio — Buenas noches... 

Raid — Buenas noches. 

Horacio — ¿Cómo está, Teresa? 

Teresa — Deseando también la muerte... 

Horacio — La muerte siempre es la solución del pro- 
blema más intrincado. Pero la vida es terrible cuando 
uno quiere vivir y se presentan situaciones dolorosas e 
indignas. . . 

Teresa — ¿Usted también sufre? 

Horacio — Sufro, y cuando me creía alegre hasta 
el fin. 

Raúl — Acaso. . . 

Horacio — Susana me engaña. . . 

Teresa — ¡ Oh ! . . . 

Horacio — ^fe engaña ... Y lo peor no es el engaño, 
que ya es tanta la costumbre de saberme infeliz, que 
ni cuenta liaría de una infidelidad más. Lo peor es que 
no puedo reirme de Susana ni reirme de mí. No en- 
cuentro mi risa salvadora. Y al no poder reirme es 
porque la quiero. Y querer a una mujer, que es nues- 
tra por las leyes, pero que es de otro por el amor, no 
es regalo que yo esperaba para mi vejez. 

Raúl — ¿Y el divorcio? 

Horacio — No tengo valor para separarme de ella. 
La 9 demás mujeres me encontraron prevenido en des- 
confianza. Susana, con su inocencia, con su candor de 
colegiala, defendida con el estribillo de su madre: 
“recién dejó el convento”, me halló sin defensa, dis- 
puesto a tomarme el desquite de mis pasadas aven- 
turas... Y en sus manos soy un niño tonto... 


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— 38 — 


Teresa — -Alfredo era un niño... 

Horacio — Pero comprendió que el amor lleva al re- 
bajamiento moral, y se eliminó antea de perder su 
hombría. Fué consciente y valeroso. Pero a todo esto, 
¿qué se hizo la mujer aquella? 

Teresa — Ella es la culpable. Está allí... ( Por iz- 
quierda) . 

Horacio — ¿ Allí ? 

Teresa — Cumplo, al dejarla, un pedido de Alfredo. 
De lo contrario . ,l 

Raúl — No es ella la culpable. 

Teresa — ¿Quién si no ella enloqueció a mi hijo? ¿No 
fué el amor imposible de esa mujer que lo llevó al sui- 
cidio ? 

Horacio — Dicen que es casada. 

Teresa — No me interesa. En su carta Alfredo me 
ruega que la trate como a una hija hasta que se la lle- 
ven, e hija mía será, aunque mis manos se tiendan a 
ella con deseos de estrangularla. . . 

Horacio — ¿Qué drama misterioso guardará la locura 
de esa mujer? 

Teresa — Yo vi en ella como un signo de lo fatal... 
Adiviné en su llegada una tragedia . . . Pero nunca creí 
en la pérdida de mi hijo... 

Horacio — Calma, doña Teresa... las cosas no se 
hubiesen desviado, Alfredo sería el marido de Susa- 
na y. . . 

Teresa — i Calle usted! 

Horacio — Y quizás le fuese a usted más dolorosa la - 
deshonra que la misma muerte. {Pausa). Yo... yo co- 
mo soy viejo, acepto el deshonor. . . y aún sabiendo 
que sus labios están encendidos por los besos de otro. . . 
voy a mendigar un beso... un beso de lástima.. . 
que... que... (un sollozo). ¡Buenas noches! (Mutis 
foro). 


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— 39 — 


ESCENA III 

TERESA Y RAÚL 

( Una pausa larga). 

Raúl — ¿Por qué no se retira a descansar? 

Teresa — No dormiría. (Pausa). 

Raúl — ¿No quiere beber un poquito de café? 
Teresa — El sirviente está franco hoy. 

Raúl — ¡Yo se lo prepararé! 

Teresa — No se incomode. 

Raúl — En un segundo. (Mutis segunda derecha). 


ESCENA IV 

teresa y ella (Por izquierda) 


Ella- — (Entra, mirando a todos lados). ¿No ha vuel- 
to, señora? 

Teresa — (Dura). No. 

Ella — El nene se ha dormido. Lleva tres noches sin 
recibir un beso del papito. ¿No oyó cómo lloraba? El 
no quiere comprender que el papá tiene que luchar con 
mucha gente mala, para que no vuelvan a perseguir- 
nos, ni nos hagan más daño . . . 

Teresa — ¿Pero usted cree que volverá? 

jEllar— (Sonriendo). Sí. El me lo dijo: “Para unir- 
nos eternamente es preciso que yo muera.” Y como 
para mí no hay más verdad que la de él, lo espero. 
Cuando él vuelva, usted no se opondrá a nuestro cari- 
ño, ¿verdad, señora? 

Teresa— (Llorando). No, hija mía... 


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— 40 - 


Ella — Es justo que nos llegue a nosotros también la 
hora de la despreocupación y del descanso... ( transi- 
ción) . ¿Tardará mucho? 

Teresa — Hija mía... 

Ella — ¿Por qué llora/ 

Teresa — Porque él . . . 

Ella — ¿Qué? 

Teresa — El. . . ¡ha muerto! 

Ella — (Riendo). ¿El? 

Teresa — ¡No rías! 

Ella — ¿Por qué? 

Teresa — ¡Porque ha muerto! 

Ella — ¿Y qué importa si me afirmó que vendría 
por mí? 

Teresa — No puede volver. 

Ella — El me lo dijo. 

Teresa — Los que mueren no vuelven jamás. 

Ella — Otros que mueran no volverán. Pero él, sí. 
Teresa — No sabes lo qué es la muerte. 

Ella — La muerte es no verle. Y no la muerte en él, 
sino la muerte en mí, que cuando él no está junto a 
mí todo es sombrío y malo . . . 

Teresa — ¿Y si no volviese nunca? 

Ella — Yo lo encontraría. 

Teresa — Duerme ya bajo tierra. 

Ella — Junto a él me acostaré yo. 

Teresa — Su alma está en el cielo. 

Ella — Mi alma 9ubirá hasta el cielo. 

Teresa — Para eso, es necesario que tú mueras. 

Ella — Moriré. 

Teresa — ¿Y no temes la muerte? 

Ella — Si él no volviese y para hallarle es necesario 
morir, ¡bendita sea la muerte! 

Teresa — La vida es hermosa. 


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Ella — ¿Y para qué querría mi vida si no lo tuviese 
a él ? 

Teresa — -Podrías olvidarlo. 

Ella — No comprendo lo que es olvidar. 

Teresa — ¿Tanto lo quieres? 

Ella — Hasta mi hijo dejaría por su amor. 

Teresa — ¡Si recién lo conoces! 

Ella — Le quiero desde que yo me conozco. 

Teresa — Tú eres casada con otro hombre. 

Ella — El es mi marido. 

Teresa — ¡Tú lo has enloquecido! 

Ella — Señora. . . 

Teresa — Tú eres la culpable de su muerte, miserable.- 
Ya que no existe, ya que me lo mataste, ¿qué quieres?, 
¿qué buscas?, ¿qué esperas? 

Ella — ( Dulcemente ). Lo espero a él, señora... 

Teresa — ¿No te he dicho que ha muerto? ¿No te he 
dicho que tú lo asesinaste, que por ti no tengo más 
hijo? ¡Vete! 

EMo— No puedo irme. El me ha ordenado que lo es- 
pere y yo tengo que esperarle. . . 

Teresa — ( Exasperada )• Si no fuese... 

ESCENA V 

dichos y raúl (Por segunda derecha) 

j ttaúl — ¿ Qué ocurre ? 

Teresa — Nada. Que no puedo más. . . Que esa nnu 
jer... 

Raúl — ¡ Por Dios, señora ! . . . 

Teresa — ^ Déjeme! ¡Déjeme! (Mutis primera dere-* 
cha). 


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ESCENA VI 

ELLA Y RAÚL 

Raúl — ¿Qué ha pasado? 

EjUa, — Quería convencerme de que él no volvería 
más. Que ha muerto. También la otra vez la gente me 
encerró, diciéndome que él estaba muerto. Como si él 
no fuese capaz de vencer a la muerte. . . (riendo). Esa 
señora no sabe que el amor lo vence todo... ¿Eh? 
( Pausa y hace que escucha). El nene... Sí... Se ha 
despertado... Voy... voy, hijito mío... (Mutis iz- 
quierda). 


ESCENA VII 

RAÚL 

(En cuanto queda solo, va a observar a primera de- 
recha. Escucha. Apaga después la luz. Queda un mo- 
mento a obscuras. Luego enciende y apaga. Repite la 
operación y deja a obscuras la escena. Y $e sienta a es- 
perar) . 

ESCENA VIII 
RAÚL Y ALFREDO (Por foro) 

(La puerta de foro se abre lentamente. Entra Alfre- 
do, vestido con traje modesto, gorra y bufanda que le 
cubre casi el rostro). 

Alf redo — Raúl . . . 

Ravtl — Ven. . . 


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Alfredo — ¿ Duerme ? 

Raúl — Creo que sí. 

Alfredo — Observa, primero. 

Raúl — (Va a primera derecha ). No hay luz. 

Alfredo — Enciende, entonces. 

Raúl — (Lo hace). ¿Hace mucho que esperabas? 

Alfredo — Una hora. ¿Y Ella? 

Raúl — Con la muñeca. 

Alfredo — ¿Y mi madre? 

Raúl — Desesperada. Varias veces estuve a punto de 
decirle la verdad. 

Alfredo — Me habías prometido . . . 

Raúl — 'Sin embargo, Alfredo... 

Alfredo — No pronuncies jamás esc nombre. Alfredo 
ha muerto. 

Raúl — No para mí. 

Alfredo — Para todos. Ahora soy nadie. Hasta no 
tengo nombre. Al nacer nos numeran, nos marcan pa- 
ra siempre. No puede uno perderse. Siempre sabrán 
quiénes somos. Donde vayamos, llevamos apellido y con 
el apellido todos los prejuicios y los convencionalis- 
mos sociales. Nacemos y nos ponen sobre la cabeza el 
fardo del mundo. Yo he arrojado ese fardo y me sien- 
to soberanamente libre, como si fuese todo espíritu. 

Raúl — Pero donde vayas tendrás que marcarte, como 
tú dices. 

Alfredo — No. Jamás. Esta huida mía es una huida 
completa de la civilización. Vuelvo a lo primitivo. Re- 
greso a la caverna. En América, y si no en América, en 
Africa o en Asia, hay regiones vírgenes de la planta 
del hombre. Allí hendiré mi caverna o levantaré mi 
cabaña. Y con Ella, con el amor de Ella y en plena 
naturaleza, sin un nombre, sin el prejuicio del vestido 
y del dinero, compondré el poema de mi vida que yo 
he soñado, lleno de sol y de caricias naturales... 


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Raúl — Tú no cuentas las luchas contra las lleras. 

Alfredo — ¿Quieres fieras más terribles que los hom- 
bres ? 

Raúl — Xo podrás sostenerte mucho tiempo. 

Alfredo — ¿Y nuestros antepasados? 

Raid — Eran de una corpulencia formidable. 

Alfredo — Pero carecían de inteligencia. Y yo llevaré 
todo el talento del hombre moderno y toda la astucia 
de las fieras humanas. Dime: por verte libre de las va- 
nidades de tus semejantes, ¿no intentarías la grandio- 
sa aventura? 

Raúl — Quizás. . . 

Alfredo — Hace do9 días vi mi entierro... ¡Qué fór- 
mula más grotesca! Tú ibas delante, pensativo, pálido 
y lloroso, y sabiendo que yo no estaba muerto. Detrás 
tuyo la gente charlaba... Unos de negocios, otros del 
tiempo y otros de bataclanas. . . Hasta oí a un señor 
que decía: “ ¡ Qué imbécil. Morirse precisamente hoy 
que tenía yo una cita amorosa !” Te juro que me hu- 
biese gustado hallarme dentro del féretro para levan- 
tarme y deshacer el cortejo a puntapiés. . . 

Raúl — ¿Y mi discurso? ■ 

Alfredo — Me lo perdí. No entré al cementerio te- 
miendo que me reconocieran. Si me reconocen, por no 
perder el viaje, me entierran a la fuerza ... ¡ Ah ! ¿ tie- 
nes ya mi certificado de defunción? 

Raúl — ( Recógelo de la mesilla). Tómalo. 

Alfredo — ¡Por fin! ( hojeándolo ). Es curioso... Si 
vieras el efecto que me causa leer esto de fallecido el 
día 3. . . (riendo). Muerto. . . Ya no existo. . . Soy una 
sombra... Pero, a todo esto, ¿de quién sería el cuerpo 
que recogieron en la costa y que tomaron por el mío? 

Raúl — ¡Vaya uno a saber! 

Alfredo — Su dueño esperaría quizá que los peces se 


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dieran un banquete con su cadáver, y el pobre tuvo un 
excelente entierro burgués, con discurso y todo . . . 

Raúl — ¿Cuándo piensas marcharte? 

Alfredo — Ahora mismo. 

Raúl — ¿Y no tienes deseos de ver a tu madre? 

Alfredo — Mira, Raúl, me hallo tan fuera del mundo, 
que me parece haber nacido ayer. Si no fuese porque 
aún debo pasar entre la gente para huir, te juro que 
de inmediato me arrancaría el traje. El traje es la úl- 
tima condición de hombre civilizado de la cual tengo 
que desposeerme. Nada más. 


ESCENA IX 

dichos Y ella (Por izquierda) 

Ella — ( Con un vestido del primer acto. Trac la mur 
meca en brazos). Mío... ¿vienes a buscarme? 

Alfredo — Sí. 

Ella — Estoy pronta. Me he vestido mi traje de bodas 
porque presiento que te he recuperado para siempre. 

Alfredo — Así es. . . 

Ella — El niño dormía cuando lo alcé de la cuna 
Despertó v comenzó a llorar. Entonces yo le dije dul- 
cemente al oído: “No llores, mi alma, que tu papito 
viene a buscarnos para ir hacia la felicidad eterna.” 
Y el nene sonrió entonces y volvió a dormirse. . . Nues- 
tro hijo cree en mí, como yo creo en ti . . . 

Alfredo — ¿Sabes dónde te llevo? 

Ella — ¿A la muerte, acaso? 

Alfredo — ¿ Tendrías miedo ? 

Ella — Yo iré donde tú vayas. Si me llevas junto a 
nn abismo y me dices: “Cierra los ojos y marcha hacia 


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adelante que yo iré contigo’’, yo te obedeceré con una 
canción de alegría en los labios. . . 

Alfredo — ¿Sabes, Mía, que yo estoy muerto? 

Ella — Me lo han dicho. Tú mueres para la gente ma- 
la, pero vives para mi amor... 

Alfredo — Donde iremos no habrá sino árboles y 
fieras. 

Ella — ¿Pero no habrá hombres? 

Alfredo — No. 

Ella — ¿Ni se oirán los ruidos extraños de la calle? 

Alfredo — No. 

Ella — ¿Ni habrá chiquillos que arrojen piedras? 

Alfredo — No. 

Ella — ¿Y nuestro hijo podrá crecer sin darle educa- 
ción, con la fuerza de un árbol salvaje y el vigor de un 
cachorro de lobo? 

Alfredo — Sí. 

Ella — ¿Y para comer no tendremos más que alargar 
la mano a la rama fecunda en frutos olorosos? 

Alfredo — Sí. 

Ella — Vamos. 

Alfredo— Espera un momento. (A Raúl) ¿Has oído? 

Raúl— Sí. 

Alfredo — ¿Qué me dices? 

Raúl— -Que no sé si reirme falsamente de ti porque 
te envidio, o darte un abrazo y meterme a predicador 
para aconsejar el retorno a la naturaleza, que tanto 
olvidamos para irnos suicidando lentamente. 

Alfredo — ¿ Ves ? 

Raúl — Pero tú llevas muchas ventajas. Llevas una 
mujer, que será loca, pero de una locura de la cual de- 
bieran participar todas las mujeres. Vivirás siendo 
dueño de la poesía y del amor. 

Ella — ¿Vamos? 

Alfredo— Sí. . . Adiós, Raúl. 


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Raúl — (Se abrazan). Adiós. ¿Nunca sabré de ti? 

Alfredo — Nunca. 

Raúl — ¿Entonces, hermano, como si de verdad estu- 
vieses muerto? 

Alfredo — Sí. Adiós... (A Ella). Vamos. 

ESCENA X 

dichos Y teresa (Por primera derecha) 

Teresa — (Entra. Al ver a Alfredo queda pálida de 
espanto. Luego se pasa la mano por la frente , vacila, 
va a caer y a un movimiento de Alfredo , prorrumpe en 
angustioso grito). ¡Hijo mío! 

Alfredo — (Vacila un segundo , después t fríamente). 
¿Qué? 

Teresa — ¿Pero es verdad? ¡No has muerto! (besán- 
dole y acariciándole). Eres tú. . . Y yo que te he llora- 
do... ¿Pero es posible? Hijo... Alfredo... 

Alfredo — No es posible. Tú lo has dicho. Alfredo, tu 
hijo, ya no existe. 

Teresa — ¡ Alfredo ! 

Alfredo — Este hombre que tú ves, es el que buscaba 
esa mujer. 

Teresa — ¿Qué dices? 

Alfredo — Y con ella se aleja de la humanidad civi- 
lizada. 

Teresa — ¡No! ¡Ahora no! ¿Tenerte nuevamente’ 
cuando yo creía inevitable tu alejamiento y dejarte 
marchar? ¡Jamás! 

Alfredo — No podrás oponerte. Ya no soy un ser hu- 
mano. Soy un alma, un espíritu y ese espíritu es de 
esa mujer. . . 

Teresa — Esa mujer... Te entregas a esa mujer, que 


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f s ,0 desconocido y quizá el crimen... Aquí tienes tu 
hogar tranquilo, sin preocupaciones... 

Alfredo ¿ Y los grilletes sociales? ¿Tú crees que el 
¿mior es la soldadura de dos apellidos? ¿Y las exigen 
•cías agobiantes de la civilización? ¿Y las leves’ ¿Y° la* 
ordenanzas? ¿Y los protocolos? jY las amistades hipó- 
critas? El mundo es un calabozo y cada hombre es un 
parcelen) de los demás. Yo me he depurado de todas 
las virtudes y de todos los vicios, para volverme el 
hombre de hace cinco mil años... 

Teresa — Te has enloquecido... 

Alfredo Probablemente . . . Pero desde el rincón de 
la selva donde construyamos nuestra casa con ramas 
floridas, el mundo civilizado nos ha de parecer un ma- 
nicomio al ver cómo los hombres se agitan, luchan, pe- 
lean, gritan, estallan en odios y rencores, para obtener 
e\ billete bancario, o el traje entallado, o el pago de 
un vicio deprimente, mientras nosotros, en la grandeza 
" e la calma del día sereno o en la grandeza impresio 
nante de la tempestad, nos uniremos en un abrazo ar- 
diente y procreador. 

Te) esa ( A Raúl) Raúl, ayúdeme a convencerle, 
j iPor Dios ! . . . 

Raúl — Nada puedo, señora . . . 

Ella Vamos, Mío... Mis labios esperan tu beso... 

Alfredo — Sí, vamos. {Marca el mutis). 

Teresa— (Avanzando hacia ellos). ¡No! ¡No! (Raúl 
la detiene y forcejean). ¡Ella es la miserable! 

Alfredo— (Desde la puerta). ¡Ella es el amor y -a 
naturaleza!... ¡Ella es la gloria y el futuro! ¡Vamos! 
{La enlaza en su brazo y mutis foro). 

TELÓN 

FINAL DE LA COMEDIA 


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Olí 538560 1 385601 1 


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